Desde hace un par de semanas vivo con Elvira en un pequeño apartamento de la carrera del darro, entre plaza nueva y el paseo de los tristes. Zona turística donde las haya, me camuflo entre los guiris cuando salgo con la cámara de fotos.
Estamos muy contentos con el cambio, pero hay dos problemas con dificil solución. Para empezar, tenemos un monasterio de monjas justo delante, y no tienen nada mejor que hacer que tocar las campanas a las seis y media de la mañana (me estoy plantenado seriamente comprarles un despertador), y un ratito después, cuando conseguimos conciliar de nuevo el sueño, las campanas de las siete.
Y el segundo; los días de fiesta (de farra, no las de guardar) se sucede una procesión de personas con alta graduación etílica mostrando su efusividad para con el mundo a grito pelao.
Lo de las campanas, ya lo dijo el Quijote: “Con la iglesia hemos dado, Sancho”. Y lo de los fiesteros, quizá podría utilizarlos para mejorar mi “approach” con un hierro 9 desde el balcón.
Por lo demás, estamos encantados, hasta he perdido algo de peso desde que estamos aquí.